Paisajes solares (Sunscapes)
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Sonnenalle (Neuköln)
Berlin, Germany

05.2026
Niñxs corriendo bajo cielos grises, desaturados por el invierno, o por la humedad que causa el encierro de la calefacción.
Krausnick-Groß Wasserburg
(Tropical Island)
Germany

01.2026
Esas imágenes que se revelan al sol, esas que duran para siempre, se perfilan con el caudal del tiempo compartido. Tanto espacio por recorrer, tanto calor por intercambiar. Tantas altitudes indefinidas, pendiendo del peso de sus cuerpos en equilibrio. Les habla uno al oído, pétreo de tanta cosa que pasa, y se les pide un instante de quietud. Como si jamás lo hubieran tenido. 
Las cosas duran para siempre, mientras nos marchemos en el momento justo. Así se encuentra el punto de gravedad, en un tira y afloje de resistencias que van encontrando su lugar. Su lugar en el mundo, hasta que decidan moverse, y volver a encajar temporalmente en otro espacio, en otro perfil, en otra textura.

Déjame observarte inmóvil.
O al menos finjamos que el movimiento es algo que controlamos.
Río Pánce
Cali, Colombia

12.2025
Cuatro coma sesenta y un gramos de una aleación de cobre, zinc y níquel, descansan en la palma de la mano de una mujer rumana a la que le brillan los ojos.

A unos cuantos metros del edificio más pesado del mundo, la mujer sostiene doscientos pesos, subiendo y bajando el brazo en un gesto por medir su ligereza.

Me hubiera gustado contarle que era mi primera vez en Bucarest con sol, que había pasado la noche en la ciudad hace unos meses, pero sin ver la luz del día; y que en esa ocasión también me entere de una muerte.

Señora, mi padre cumplió años hace unos días, lo llamé mientras salía de una iglesia ortodoxa a la que habíamos entrado para apaciguar el sofoco de los días largos. No le pude ver sus lagrimas por los pixeles, pero escuche su voz solloza interrumpida, junto al canto de la gitana que resonaba en el bajo nivel que cruzaba la calle. Falleció Berta, a quien no veía hace un par de años. Y me hubiera gustado contarle, mientras pesa la integridad de un obsequio simple símbolo de valor, que pienso en Claudia, en Pablo; en Alejandro y en Michelle. Que pienso en mi abuela, también, y en sus hermanas. 

Señora, no sabe cuanta razón tiene. Yo veo el mundo a través de sus ojos, nos dice usted, mientras pesa la ligereza de doscientos pesos con el gesto oscilante de su palma, sintiendo la resistencia casi inexistente en su cuerpo al interponerse en la atracción entre el centro del mundo y esa moneda.
Ojalá, señora a la que le brillan los ojos, a la que le gusta sentir la sutil oposición de lo leve a la gravedad; ojalá pudiéramos ver el mundo a través de los ojos de los demás. Yo también me despediría deseando que tuvieran a beatiful life.
Between Sibiu and Bucarest 
Rumania

05.2025
La cola occidental de los Cárpatos, a la que llaman Tatras, tiene entre sus picos la cumbre más alta de su coordillera. Gerlachovsky, así se llama, y se sitúa en la parte eslovaca de la cadena. Tiene la altura de Bogotá, quizá unos metros de más. Subimos hasta Wielki Staw, una laguna entre picos a 1800 msnm, a la que se accede por un ascenso empinado de roca por la fractura norte de la montaña. Hacia abajo, un bosque de coníferas y un río de piedras que desemboca en el Bialka, la frontera geográfica norte entre Polonia y Eslovaquia. A esa altura aún se respira sin dificultad, un poco extraño estando rodeado de semejante paisaje. Y tristemente es muy temprano en el año para bañarse en el río.
Zakopane
Poland

05.2025
Los incinerados por el tiempo, por las bajas temperaturas, se prenden de las ventanas empañadas por las que pasan fugaces cuando se acelera en la autopista, cortando las heces de aquellos pájaros que ya no migran. Esos, esos que esculcan los residuos de las cenas, y arrojan piedras al balcón. Y se agrietan, las superficies encenizadas por un polvillo negro que se acumula en el paisaje, como si fueran ramas de árbol desnudo, sometido a los días lejos del sol.

Se encuentran, y hacen combustión. Se incendian, por todas partes.

Qué calor. Y un frío en el pecho. En el paladar. Por el dulce escarchado con picante, que lo prende todo. Y el abraso. Y esto y aquello, y mera llama y todo brilla. Los ojos, se encandelillan. Y uno intenta obturar y queda movido, todo queda movido. Disque quieto, pero borroso. Y entre más cerca menos detalles, y más turbulento todo. Pero disque quieto. Que va. Y al fondo, a la distancia, mera llama, y todo brilla. Pero quieto. Ajá. Por lo lejos, será. Por el espacio entre las cosas, que las aquieta. Oiga pues. Y se enciende todo de nuevo. Por eso es que toma forma el texto leve. Por eso se alcanza a ver la refinería, de la que emana fuego. Fuego. Con voz grave. Un intento de poema sin rima. Una feliz navidad.
Nordrhein Westfalen y Zugspitze
Alemania

12.2024
El primer día no se podían ver con claridad. El aire caliente desenfocaba los picos que se alzaban enormes frente a nosotros. Fue la lluvia de la mañana quien ayudó a despejar sus cumbres, que parecían cubiertas con un telón viejo, justo como los carros de Berat, o mis pies al borde del adriático el día que sentí el hormigueo en los empeines. El pelao del hostal le contaba a la pareja sentada junto a nosotros mientras les servía el café amargo, el pan y el queso feta, que en invierno no hay manera de entrar a este lugar. Ni tampoco de salir. La nieve lo inunda todo, y hasta el tiempo se congela. Cada vez más largo, y más lento, dijo mientras puso las masas fritas de harina, las mismas que rellené de miel el día que caminamos al Ojo Azul.
Azul, justo como el color de las cosas a la distancia. Al menos durante las horas previas al sol tangente, donde todo se incendia en un abraso prendido por el horizonte. Las islas, los montes. Las personas que se duermen bajo la sombra azotada por la luz, por el salitre y el reggaeton albano. Cuanta materia flotando en el aire. Cuanta silueta, y falta de definición. Cuantas cosas a lo lejos, azules. Hasta que el sol bajaba la temperatura con el rojizo destello de su atardecer. Toda una experiencia contraintuitiva del color, del calor. Cuanta piedra y cuanta paciencia. Al respirar para no desesperar por la temperatura del agua en las montañas. Al doblar la curva y orillarse por la velocidad de algún carro sin empatía. Al caminar por las trochas terracotas dirección al mar. Al darme cuenta que volví y que todo empieza a teñirse de azul, mientras siento que tiendo ropones color cumbre en verano sobre aquellos recuerdos que no quiero perder debido a la intensidad de un sol que no se detiene.Between 
Between Berat, Himara y Theth
Albania

08.2024
Lo que falta

El aire que se filtra por las grietas de la montaña pasa velozmente generando un chillido tenue.
¿Lo escuchas?
He intento inhalar la ráfaga de viento que produce el silbido. Ya lo había pensado antes, sobre la facultad de la respiración para cambiar la percepción del espacio-tiempo. Aunque esa vez me sitiaban las estaciones. Ahora es diferente. Se siente diferente. Ascender la montaña y someterse a la altura. Un ejercicio de redimensión. Y el cuerpo, que se mueve. Un mecanismo de medida.
Poco.
Falta poco.
Y aunque falta poco parece no acabar. Se ensancha. Ambos, el paisaje y mis pulmones. La piedra lisa que alguna vez sostuvo la nieve parece reproducirse hacia toda dirección. Justo como me imagino lo hacen mis pulmones cada que los lleno con tanto esfuerzo.
Poco.
Falta poco.
Eso nos decimos con cada uno de los gestos con los que limitamos nuestra comunicación. A esa altura suele uno evitar los esfuerzos de más. Y utilizar la palabra demanda bastante esfuerzo. Por eso el gesto con la mano, intentando darle dimensión a lo pequeño a través del vacío que crean la aproximación de mis dedos. Medir. Lo que falta. Con lo dedos, con los pies. Con el cuerpo. Que se mueve. ¿Qué falta? Es ambiguo, ¿no?. Lo que falta, lo que está por llegar. Lo que falta, lo que no volverá jamás. Todo lo que se condense entre esas dos posibilidades cabe entre el pequeño espacio de mis dedos queriendo darle cantidad de tiempo al espacio. O duración de espacio al tiempo. Lo mismo, aunque diferente. Se siente diferente. A esta altura todo es tan ambiguo. ¿Qué hubiera estado midiendo Krauss entre sus dedos, el pan de azúcar, el cielo? Seguramente no era la cantidad de nieve. No. Setenta años y el espacio entre los dedos, aparentemente equidistantes, ha presenciado un deshielo que ahora se pronuncia como sentencia. Y claro, como en las alturas la palabra demanda tanto esfuerzo, la montaña prefiere silbar.
¿Lo escuchas?
Poco.

Falta poco.
Sierra Nevada del Cocuy
Boyacá, Colombia

01.2024
En esos lugares firmes, donde las estrellas posan, suelen haber pliegues que solo se sugieren cuando los recorre la luz. Caldas pensó que se podían medir con el hervir del agua, y yo ahora lo leo viendo al cuerpo como termómetro. Caminar el cielo hasta su cumbre y ver las montañas sobre mi, inmensas, llenas de árboles junto a luceros que alumbran como cucuyos. Y yo en estas nieves que han dejado de ser perpetuas, desciendo del cielo hacia el valle y pienso en la montaña sobre mi. Veo la luz que acelera justo en los bordes de los peñascos. Camino midiendo temperaturas, determinando tamaños temporales de firmamentos accidentados. Como estas montañas arriba mío o como el cielo al que he decidí aventurarme. A lo lejos, un paisaje invertido, una montaña sobre el cielo firme. Una estrella, que gracias a esta foto ha dejado de ser fugaz. Y un glaciar, del que podemos despedirnos para siempre.
Macanal
Boyacá, Colombia

01.2024
Un par de cuerpos aparentemente inmóviles al desplazarme de la montaña al llano.
Llanos orientales y Represa del Chivor
Meta y Boyacá, Colombia

01.2024
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